La frase memorable del presidente García, al asumir el mando en julio de 2006, fue: “Podemos superar a Chile”. Ayer, en su entrevista con este diario, Gastón Acurio dijo: “Podemos conquistar el mundo”.
Más allá del optimismo o pesimismo de cada uno, sin duda, el 28 es el día más indicado del año para tomar vuelo y levantar los ojos y el espíritu.
Levantar los ojos puede ser un acto de realismo. ¿Quién estuvo más perdido en las nubes que el analista que seguía con total atención cada movimiento de los valores bursátiles, pero no vio la inminencia de la catástrofe financiera? Ciertamente, el que está pegado al suelo distingue los detalles con más precisión, mientras que, de lejos, el panorama es borroso, y por eso más susceptible de ser interpretado con los ojos de la imaginación y del anhelo. Pero hay cambios que solo se ven a la distancia, que proceden gradualmente y con poco ruido, pero que eventualmente producen una metamorfosis. Mucho de lo más impactante de la historia peruana ha llegado así, de forma inadvertida.
Apenas un año antes de iniciarse la debacle económica de los años 80, el Fondo Monetario Internacional alabó al Perú por ser un modelo de buenas políticas. Luego, el terrorismo se había instalado en gran parte del territorio antes de ser reconocido como una amenaza mortal.
Tampoco se divisaron con anticipación los avances más favorables, como el extraordinario dinamismo y éxito de la pequeña empresa, el desarrollo físico y económico de los asentamientos humanos en las ciudades, la multiplicación del microcrédito y —quién iba a creer— la revolución gastronómica que iba a liderar Gastón.
Si levantamos la mirada este 28, quizás podremos distinguir dos tendencias que ya están en marcha y que, en mi opinión, cambiarán al Perú. Una es la silenciosa reforma de la educación que empieza a mejorar la calidad de la enseñanza y el aprendizaje de los niños. Otra es la repetición en el campo del milagro de las pequeñas empresas urbanas de Gamarra y de Villa El Salvador. En la feria semanal de Paucará, un pequeño centro poblado en Huancavelica, un grupo de fabricantes locales de zapatos, prendas de vestir y DVD musicales ha colgado una banderola para saludar a los campesinos que llegan vestidos en sus mejores trajes tradicionales, con la frase “Bienvenidos a Gamarrita”. En ese mismo pueblo, un pequeño restaurante se ha bautizado Chifa Gastón.
Richard Webb
Publicado en El Comercio, 26 de julio de 2010









