1 Estuve leyendo una grata y recién publicada recopilación de discursos de Gabriel García Márquez (titulada: "Yo no vengo a decir un discurso") y, entre las maravillas allí contenidas, me encontré con unas reflexiones en torno a la violencia y la legalización de las drogas. Según el laureado escritor, "es imposible imaginar el fin de la violencia en Colombia sin la eliminación del narcotráfico, y no es imaginable el fin del narcotráfico sin la legalización de la droga, más próspera a cada instante cuanto más prohibida." Una posición similar ha sido esgrimida por Mario Vargas Llosa en más de una ocasión. En su artículo titulado "El otro Estado", sostiene que "el problema no es policial sino económico" y hace suya la posición de los críticos de la estrategia del gobierno mexicano en este campo, quienes sostienen que "es absurdo declarar una guerra que los cárteles de la droga ya ganaron". Según el afamado autor, la solución "consiste en descriminalizar el consumo de drogas mediante un acuerdo de países consumidores y países productores".
2 La tesis de nuestros grandes literatos es contundente: "No tiene sentido declarar guerras que no se pueden ganar. Cambiemos de estrategia, no peleemos contra los cárteles; más bien, quitémosle su razón de ser, legalizando la droga, y dediquemos los recursos que asignamos en la actualidad a esta guerra -en la que tenemos pocas posibilidades de éxito- a la prevención y a la rehabilitación".
3 Sin embargo, esta tesis no es tan sólida como parece. Primero, no es cierto que solo debamos pelear aquellas guerras que estamos seguros que no vamos a perder. La historia y la dignidad de los pueblos están llenas de ejemplos (Grau, Bolognesi y Cáceres en el Perú, Vietnam en el este asiático). Al respecto, es importante recordar que el problema no solo es económico; es sobre todo ético y de salud pública: ¡No podemos abandonar a nuestros jóvenes! Segundo, es necesario analizar la real naturaleza económica del problema. Esta reside no solo en el tamaño del negocio de la droga y los ingentes recursos con que cuentan los cárteles, sino y, sobre todo, en la estructura de incentivos y castigos que condicionan el comportamiento de los diferentes actores involucrados. (¿Por qué no pensamos en dar incentivos pecuniarios significativos, así como castigos ejemplares, a los agentes del orden involucrados en esta guerra?) Tercero, el problema trasciende fronteras y no puede enfrentarse en un país de manera aislada.
4 Un acuerdo internacional para despenalizar las drogas es difícil de avizorar; para empezar, no es fácil diferenciar entre países productores y países consumidores (en el Perú, el consumo de drogas va creciendo como un cáncer, mientras que EE.UU. es uno de los principales productores de marihuana del mundo y un importante exportador de drogas sintéticas). Muchos proponentes de la legalización de las drogas han reconocido tácita o explícitamente que esta no puede hacerse de manera aislada y, por lo tanto, no es una opción de política realista para un país pequeño y periférico como el Perú. ¿Podríamos, acaso, legalizar la producción, consumo y exportación de cocaína? No quiero imaginarme la reacción del Departamento de Estado estadounidense… ¿Deberíamos, entonces, legalizarla y solo prohibir su exportación (asegurándonos, así, precios bajos para nuestro cada vez mayor número de drogadictos)?
5 Claramente, la opción de legalizar las drogas no es una opción realista ni deseable para el Perú. Sin dudas, el problema de la droga es económico, pero es mucho más que eso. Es un problema central para nosotros, un reto de política pública que el siguiente gobierno debería encarar con transparencia, eficiencia y audacia. Para empezar, resulta crucial modificar la estructura de incentivos que condiciona el comportamiento de nuestros policías. Asimismo, y dado que parte de nuestro problema (no todo) se origina fuera de nuestras fronteras, deberíamos ser capaces de canalizar cientos de millones de dólares al año (suma enorme para nuestro alicaído presupuesto, pero insignificante para los países "consumidores") a fin de financiar una estrategia moderna e inteligente de lucha contra la producción y el consumo de drogas en el Perú.
Carlos E. Paredes
Publicado en el diario Gestión, 27 de enero de 2011
2 La tesis de nuestros grandes literatos es contundente: "No tiene sentido declarar guerras que no se pueden ganar. Cambiemos de estrategia, no peleemos contra los cárteles; más bien, quitémosle su razón de ser, legalizando la droga, y dediquemos los recursos que asignamos en la actualidad a esta guerra -en la que tenemos pocas posibilidades de éxito- a la prevención y a la rehabilitación".
3 Sin embargo, esta tesis no es tan sólida como parece. Primero, no es cierto que solo debamos pelear aquellas guerras que estamos seguros que no vamos a perder. La historia y la dignidad de los pueblos están llenas de ejemplos (Grau, Bolognesi y Cáceres en el Perú, Vietnam en el este asiático). Al respecto, es importante recordar que el problema no solo es económico; es sobre todo ético y de salud pública: ¡No podemos abandonar a nuestros jóvenes! Segundo, es necesario analizar la real naturaleza económica del problema. Esta reside no solo en el tamaño del negocio de la droga y los ingentes recursos con que cuentan los cárteles, sino y, sobre todo, en la estructura de incentivos y castigos que condicionan el comportamiento de los diferentes actores involucrados. (¿Por qué no pensamos en dar incentivos pecuniarios significativos, así como castigos ejemplares, a los agentes del orden involucrados en esta guerra?) Tercero, el problema trasciende fronteras y no puede enfrentarse en un país de manera aislada.
4 Un acuerdo internacional para despenalizar las drogas es difícil de avizorar; para empezar, no es fácil diferenciar entre países productores y países consumidores (en el Perú, el consumo de drogas va creciendo como un cáncer, mientras que EE.UU. es uno de los principales productores de marihuana del mundo y un importante exportador de drogas sintéticas). Muchos proponentes de la legalización de las drogas han reconocido tácita o explícitamente que esta no puede hacerse de manera aislada y, por lo tanto, no es una opción de política realista para un país pequeño y periférico como el Perú. ¿Podríamos, acaso, legalizar la producción, consumo y exportación de cocaína? No quiero imaginarme la reacción del Departamento de Estado estadounidense… ¿Deberíamos, entonces, legalizarla y solo prohibir su exportación (asegurándonos, así, precios bajos para nuestro cada vez mayor número de drogadictos)?
5 Claramente, la opción de legalizar las drogas no es una opción realista ni deseable para el Perú. Sin dudas, el problema de la droga es económico, pero es mucho más que eso. Es un problema central para nosotros, un reto de política pública que el siguiente gobierno debería encarar con transparencia, eficiencia y audacia. Para empezar, resulta crucial modificar la estructura de incentivos que condiciona el comportamiento de nuestros policías. Asimismo, y dado que parte de nuestro problema (no todo) se origina fuera de nuestras fronteras, deberíamos ser capaces de canalizar cientos de millones de dólares al año (suma enorme para nuestro alicaído presupuesto, pero insignificante para los países "consumidores") a fin de financiar una estrategia moderna e inteligente de lucha contra la producción y el consumo de drogas en el Perú.
Carlos E. Paredes
Publicado en el diario Gestión, 27 de enero de 2011










