COLUMNAS DE OPINIÓN 
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Cultura y ética de la pobreza
2 / 05 / 2011
Los estudios realizados sobre la pobreza tienden con frecuencia a pecar de simplismo al reducir la causalidad a unos pocos factores negando consideración de otros, como las variables culturales y las dimensiones éticas. Los valores, las normas y las creencias cumplen un rol importante en el modo en que las personas enfrentan los desafíos de la pobreza, pero la probanza empírica de ello resulta asaz compleja. Además, esta es una discusión que con facilidad se interna en el terreno de lo políticamente incorrecto y puede acabar justificando prejuicios y hasta racismo.

El tema tiene ya larga data en los ámbitos de las políticas públicas y las ciencias sociales estadounidenses, pero se volvió territorio prohibido cuando algunos sesgaron ideológicamente la discusión queriendo argumentar que los pobres lo son porque quieren serlo. No obstante haber estado sepultado durante varias décadas bajo la pesada lápida de la corrección política, esta discusión ha empezado a reemerger en Estados Unidos y acaso debiera merecer cuidadosa atención por parte de los ‘pobretólogos’ peruanos.

La pobreza es generalmente el resultado de complejas interacciones entre variables estructurales, ambientales y personales. Sus efectos son por lo común devastadores, e imprimen una desgarradora impronta tanto en el malestar material como en el alma de quienes la padecen. Pero, sean como consecuencia o como causalidad, las microculturas, incluyendo los valores y las actitudes, de las personas que viven en pobreza influyen sobre su situación, para posibilitar superarla o, por el contrario, deplorablemente, para reforzarla. La pobreza, pues, engloba una compleja red de causas y efectos que se proyecta desde lo más externo y agregado (falta de equidad social, privaciones materiales, etc.) hasta lo más íntimo (autoestima, creatividad, agresividad, etc.). Y sus víctimas coadyuvan a sobreponer o a reforzar el círculo vicioso de la pobreza.

Resulta obvio que dentro de un contexto donde predomina la informalidad, el hacinamiento, el abuso y la imposición brutal de unos sobre otros, las convicciones morales de las personas quedan negativamente permeadas. Y aunque poco se refieran a ello los ‘pobretólogos’, la conducta moral de los pobres es otra variable de trascendencia para explicar parcelas de esa compleja realidad. Por ejemplo, la infidelidad conyugal de varones en condiciones de pobreza o en sus fronteras tiene devastadoras consecuencias sobre los cuadros de privación. La fragmentación de los salarios en épocas de bonanza, entre trabajadores que tienen varios compromisos (subrayo el odioso eufemismo, pues ejercer dominio sobre varias mujeres implica la ausencia de real compromiso emocional y moral frente a cada una de ellas), diluye las posibilidades de superar sosteniblemente la pobreza; y, en época de vacas flacas, esa misma conducta multiplica exponencialmente los efectos regresivos del desempleo y de la pauperización. Y aquí es donde las deficiencias en la gobernanza democrática muestran con gran crudeza sus efectos injustos: para varones en condiciones de pobreza e informalidad, el costo de oportunidad de prohijar a través de varios compromisos es nulo, pues la inoperancia del sistema judicial hace virtualmente imposible que las madres obtengan un fallo que les reconozca derechos alimentarios o que puedan alcanzar a hacerlo cumplir. ¿Cuánto de esto es causa de las multitudes de niños abandonados en las calles?

La relación entre cultura y desarrollo, y particularmente entre cultura y pobreza, sigue resultando fuente inspiradora y de confrontación intelectual, pues promete abrir nuevos horizontes tanto como amenaza ahogar en sus arenas movedizas. Tanto más lo hace la relación entre ética y pobreza. Con cautela para no ofender ni alimentar prejuicios o discriminaciones, pero con la mente abierta para aprehender realidades todavía elusivas y transformarlas, debemos empezar a hurgar otras potenciales causas y efectos de la pobreza dentro de nuevos marcos conceptuales, con libertad para cuestionar. 


Oscar Schiappa-Pietra


Publicado en el diario El Comercio, 26 de abril de 2011





 

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