1. Sábado 8:00 a.m., sigo feliz con el triunfo de la noche anterior de Perú frente a Paraguay. Parto de la casa con mi esposa; esa mañana enrumbábamos hacia Pamplona Alta. Salimos de la Panamericana en la Av. Benavides y, frente al campus de la Ricardo Palma, nos encontramos con una Van en la que viene un grupo de jóvenes de mi oficina. Entusiasmados por un estudiante jesuita que practicó hasta hace poco en la empresa, han organizado una visita al colegio de Fe y Alegría No. 65, construido sobre lo que hasta hace poco era una zona de chancherías y rodeado por gente muy pero muy pobre.
2. Voy siguiendo a la Van, por calles que se hacen cada vez más angostas, al asfalto lo reemplaza la tierra y, al final, el camino se convierte en una trocha sinuosa y empinada. Tengo que dejar la camioneta y seguir a pie. Cargamos unas cajas que hemos traído con regalos y subimos por un camino empedrado. El colegio es imponente, moderno, limpio, localizado en la cima de un cerro rodeado de una vegetación incipiente que crece con la humedad del invierno.
3. Los chicos del 4to grado nos esperan; mis muchachos les dan el desayuno que prepararon, les organizan juegos, y comparten con ellos. La alegría de los chicos es contagiosa. La hermana Marlene, una religiosa del Brasil que tiene siete años en el Perú, es la gestora de este milagro. Milagro que se ha producido con Fe y Alegría, y con el importantísimo aporte de un empresario judío, que permitió pasar de aulas de esteras y clases que se impartían en cuartos de viviendas humildes, a un colegio moderno, con una excelente infraestructura.
4. El modelo de Fe y Alegría es ampliamente conocido: la comunidad participa en la construcción y mantenimiento de los colegios (en este caso, los pobladores donaron el terreno, todas las familias contribuyen con 10 soles al mes para poder pagar a los camiones de agua que surten al colegio, grupos de madres cocinan las meriendas que se reparten a más de 600 alumnos todas las mañanas, y los padres de familia participan en el mantenimiento de la infraestructura); el Estado corre con los sueldos de los profesores (aunque he constatado de manera repetida que el tema de la contratación de los docentes es un parto para casi todos los directores de estos colegios); la dirección del colegio está a cargo de una congregación religiosa; y la red de Fe y Alegría, coordinada por los jesuitas, permite que los profesores reciban capacitación continua y que se cuente con material educativo adecuado en los salones de clase. Los resultados en términos del mejor aprendizaje de los alumnos de Fe y Alegría han sido ampliamente documentados y no podemos dejar de enfatizar que los valores impartidos pueden hacer toda la diferencia en el futuro de estos muchachos.
5. A la una de la tarde, tras haber compartido con la hermana Marlene y sus estudiantes, regresamos a "nuestra parte de la ciudad", agradecidos, habiendo compartido la fe y alegría de tanta gente buena y humilde. Y mientras acelero y dejo atrás el entusiasmo de los chicos del colegio, me reconforto pensando que las nuevas autoridades educativas conocen de la importancia del empoderamiento de los directores de los colegios, de lograr la participación y el aporte de la comunidad inmediata, de capacitar continuamente a los profesores, de que los colegios puedan contar con una red de apoyo técnico y, sobre todo, de incorporar a la sociedad civil en la educación pública, dejando atrás las taras del pasado. Lo que los padres quieren es que sus muchachos accedan a una educación de calidad y que se les abran oportunidades de tener una mejor vida de la que ellos tuvieron. Las autoridades educativas tienen la palabra.
Carlos E. Paredes
Publicado en el diario Gestión, 13 de octubre de 2011
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