COLUMNAS DE OPINIÓN 
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Midiendo a los de abajo
2 / 04 / 2012

En cifras de pobreza, el Perú y Estados Unidos vienen corriendo a la misma velocidad, pero en dirección opuesta.

En diez años el número de pobres aumentó 40% en Estados Unidos, y se redujo 40% en el Perú.

Hoy, uno de cada seis norteamericanos es considerado pobre, más que toda la población de Colombia, y el número ha venido aumentando en dos millones cada año. En el Perú, con una población de apenas un décimo de la norteamericana, un millón de peruanos han venido saliendo de la pobreza cada año.

Pero, si bien no queda duda de la dirección del cambio en cada país, los niveles precisos son difíciles de comparar porque cada nación tiene su propio criterio de lo que constituye pobreza.

En Estados Unidos es pobre el que cuenta con menos de 460 dólares al mes; en Lima, si gasta menos de 124 dólares (335 soles) al mes, y si es campesino de la sierra, es pobre con menos de 70 dólares (190 soles) mensuales.

La comparación al interior del país también es imprecisa. La idea es identificar a los que no tienen para sobrevivir –una dieta mínima, y techo y ropa para no morir de frío–, pero las costumbres, necesidades y precios varían según se vive en la selva o sierra, o en un asentamiento humano de ciudad.

Además, la economía familiar del necesitado es muy cambiante, y quizá por eso un tercio de las familias rurales registradas como pobres posee televisor, más de un tercio teléfono, uno en siete DVD, e incluso 5% posee un vehículo motorizado. Todo lo cual no excluye que en el momento de la encuesta pasaban hambre.

Otra ambigüedad viene de la costumbre estadística de tomar en cuenta solo el consumo, mas no la inversión que hacen las familias.

La familia que se aprieta el cinturón para comprar semilla, un toro, mercadería para vender, o porque construye una vivienda, termina clasificada como indigente, aunque su poco consumo es voluntario y está compensada por una acumulación de riqueza.

En la sierra, las familias rurales ahorraron el 14% de su ingreso en el 2010. De haberse incluido ese dinero ahorrado o invertido, las cifras de la pobreza serían menores.

La confusión mayor, sin embargo, no procede de la forma como se calcula la pobreza sino de la interpretación que se hace de ella.

Para muchos, la prioridad no es abolir el hambre, sino abolir las diferencias. En vez de celebrar la rápida reducción de la pobreza, la invalidan porque algunos han mejorado más que otros.

En mi opinión, es una valoración que emana más del hígado que del corazón.


Richard Webb


Publicado en El Comercio, 2 de abril de 2012

 

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