Aprovechando el feriado por 28 de julio, fui con mi familia a uno de los dos parques de diversiones que se instalaron en Cuzco. Si bien no me sorprendió la afluencia de público, si lo hizo la diversidad del mismo. Había familias de casi todos los estratos sociales, perfectamente diferenciados por la vestimenta y el lenguaje utilizado. Todos divirtiéndose, todos gastando.
Por un buen momento me sentí muy optimista con el país. Si bien los juegos mecánicos eran probablemente los mismos que esperábamos (con ansias) en el Chiclayo de los años 80; me llenaba de dicha ver a mis hijos felices, junto a cientos de otros niños. Recuerdo que en Chiclayo, todos los que teníamos la oportunidad de asistir, éramos muy parecidos; de los mismos colegios y barrios. En Cuzco resultaba evidente que los asistentes representaban, bastante bien, a una sociedad compleja y diversa.
En un momento de la noche, descubrí una anciana por acá, y una madre con un niño sobre la espalda por allá; ambas buscando botellas de plástico en la basura. Mientras una inmensa mayoría de asistentes utilizaba su tiempo, de sábado por la noche, para divertirse; habían peruanos, que tenían que escarbar en la basura para ganar unos cuantos soles que les permitieran comer algo el día siguiente.
Me descorazoné rápidamente. Por un momento pensé, como muchos, en el fracaso del “modelo neoliberal”. Luego, con tranquilidad y distancia, me puse a reflexionar. Resulta evidente que las diferencias en el origen generan inequidades cada vez mayores; sin embargo, creo que es posible remediar las mismas con una intervención mayor del Estado. Una participación que redistribuya eficientemente los excedentes y permita, por un lado, igualdad de oportunidades para las generaciones futuras (algo utópico, pero que igualmente creo debe ser la meta de cualquier gobierno); y por el otro, la cobertura de las necesidades básicas de la población que por sus limitaciones, no pueda incorporarse al sistema.
En este escenario, los programas sociales resultan siendo una necesidad ineludible. Responsabilidad del Estado y de toda la sociedad que ha sido beneficiada por un modelo de desarrollo que, no siendo perfecto, es el único que ha demostrado ser viable, permitiendo la reducción de la pobreza a niveles impensados 10 años atrás.
Han venido a mi mente cuatro ancianos limeños. Dos de ellos de 76 años, ambos taxistas. Tome sus servicios y al conversar con ellos, cada uno declaró casi lo mismo: “trabajaban porque en su casa se aburrían y se morirían rápido”. Otros dos ancianos que pude ver en el centro de Lima. Ambos, próximos o superando los 80 años. Uno de ellos llevaba colgado del cuello un cártel que decía “Servicio de Gasfitería”, el otro, empujaba un andador cargado de sahumerio. Ambos a duras penas podían caminar. Probablemente nadie tome los servicios de uno y muy pocos compren lo que el otro ofrece.
Hasta donde debe llegar la cobertura social del Estado. Difícil de saber.
Nelson Torres










