1. El pasado sábado vi y escuché el discurso del presidente de la república transmitido por señal de cable, sentado en una cómoda casa en las afueras de una ciudad de la sierra central del Perú. La verdad que, dados los antecedentes del presidente en este campo, había programado alrededor de veinte minutos para esta actividad. Menuda fue mi sorpresa cuando una hora y media después de iniciada la alocución seguía escuchando con atención lo que el mandatorio nos tenía que decir. Sin duda, la extensión del discurso presidencial contrastó tremendamente con la parquedad del discurso de la reina Isabel II, la noche anterior, cuando le tocó inaugurar los juegos olímpicos en Londres. Mientras que la parquedad real me hizo sonreír, la locuacidad presidencial me obligó a tomar notas y a pensar.
2. También me sorprendió la reacción inicial de algunos periodistas y analistas que salieron inmediatamente a criticar muy fuertemente el discurso de Ollanta Humala. Las mismas personas que se habían quejado durante el último año por la parquedad presidencial, ahora criticaban sin cuartel a la supuesta verborrea del mandatario: “¡muy largo!, hizo un ‘cut & paste’ con lo que le enviaron sus ministros, faltó orden, no habló de Conga, la propuesta de reforma constitucional sobre el derecho al agua es una ridiculez …” Sentado frente al televisor me provocaba decirles: “Oigan, pero si hasta ayer se quejaban de que era medio mudo y, hace un año, tenían pánico de su ofrecimiento de modificar sustancialmente la Constitución.”
3. Sin duda, el presidente Humala no es el mejor orador que hayamos tenido; leyó mucho, el discurso fue innecesariamente largo y con poca inflexión de voz, con lo cual perdió algo de efectividad. Probablemente los encargados del marketing presidencial estén algo decepcionados con la forma, pero el fondo no fue nada malo. En las actuales circunstancias, el presidente necesitaba transmitir con claridad lo que su gobierno está haciendo y su visión de lo que quiere hacer en los siguientes cuatro años. Y creo que lo logró hacer. Por un lado, el largo recuento de acciones gubernamentales sirvió para hacerle acordar a su electorado que está tratando de cumplir con sus promesas electorales y que, en forma contraria a lo que dicen sus detractores, no ha olvidado ni traicionado a sus electores. Y, por otro lado, fue claro en mostrarnos una visión moderna del desarrollo, en que la equidad y la justicia social requieren del crecimiento económico y el concurso de los inversionistas privados.
4. Creo que hay que interpretar al discurso del sábado como lo que realmente fue: un hito importante en el arduo trabajo que viene desarrollando el presidente por mantener un equilibrio entre el respeto por sus electores y las restricciones impuestas por la realidad del mercado y por las serias limitaciones existentes en el aparato estatal. En este contexto, Humala no podía terminar el discurso sin referirse a “la gran transformación” y lo hizo bien. Nos hizo explícita su nueva visión de la gran transformación; ésta ya no es el cuco de la primera vuelta, sino una transformación que empezó hace muchos años y que viene cambiando al país, especialmente a sus provincias, donde la modernidad y las oportunidades llegan cada día con mayor fuerza. Claramente, la reducción de la pobreza y de la inequidad, que se sustentan en el crecimiento alto y sostenido, marcan el norte económico del gobierno. ¡Enhorabuena!
Carlos E. Paredes
Publicado en diario Gestión, 3 de agosto de 2012
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